La promesa

Jugadores e hinchada del Rayo en comunión.

Todos los aficionados al fútbol del mundo, sin excepción, soñamos con que nuestro equipo sea campeón algún día. Incluso estando una o varias divisiones por debajo de la élite, o tras crisis o refundaciones. Da igual, esa fe imperecedera vemos cada año que acaba haciéndose realidad para alguien. A veces, tras décadas de penuria. En otras ocasiones, por primera y quizá única vez en la vida. Ese momento inolvidable de celebración colectiva, a la vez íntimo en el éxtasis compartido, es lo que merece vivir todo hincha en alguna ocasión. Muchas veces no sucede jamás, ni se le acerca. O al menos, no ha pasado todavía. Varios han sido subcampeones más de una vez, otros darían lo que fuera por tener la ocasión de aspirar al deseado título, sea una liga, una copa o un título de selecciones.

Ahí está el Rayo Vallecano. Modesto hasta decir basta. Tanto, que su propio presidente, el despreciable Martín Presa boicotea al club, a sus humildes aficionados de barrio, a sus jugadores, a unas instalaciones impropias de una entidad de la máxima categoría del fútbol español. Y al equipo femenino, que ha pasado de ser uno de los mejores de España a descender varias categorías en tan solo un lustro. Por eso, enfrentarse al Crystal Palace en la final de la Conference, en la que es apenas la segunda campaña europea en más de 60 años de competiciones continentales, y la primera final en absoluto del Rayo, tendrá el sabor único, especial y seguramente irrepetible de las primeras veces.

Mismamente su rival nunca había jugado en Europa hasta esta campaña. Y nunca había ganado un título hasta el año pasado, en que sumó FA Cup (ante el Manchester City) y Community Shield (ante el Liverpool). Aunque digan que no hay dos sin tres, que los ingleses son favoritos, que viven su propio cuento de hadas... todo eso está muy bien, pero desde el jueves le deseamos la mejor de las suertes al Palace. El miércoles, en Leipzig, le toca reinar a un Rayo Vallecano que lleva puteado toda la vida, a la sombra de dos gigantes en su propia ciudad, olvidado por las instituciones, ninguneado por un dueño amigo de la rancia ultraderecha (es decir, en las antípodas de la afición rayista) con tan poca vergüenza que ha torpedeado de todas las formas posibles la temporada más ilusionante de su historia. En esos momentos ha dado un paso adelante el equipo, con jugadores como Ratiu, Sergio Camello o Dani Cárdenas apoyando económicamente a aficionados que habían sido estafados con el viaje a la final.

Lo merece su gente, que siempre ha acompañado a los suyos en las malas. Lo merece un Iñigo Pérez que diría que ya ha superado a leyendas del banquillo rayista como José Antonio Olmedo, Pepe Mel, Juande Ramos o Andoni Iraola. Un grupo de jugadores estupendo con tipos como Álvaro García, Isi Palazón, Batalla o Florian Lejeune. Un David Cobeño que hace milagros desde la dirección deportiva con menos recursos (de lejos) de Primera División. Y los trabajadores de una entidad muy genuina, sin parangón en nuestro fútbol, que merece su noche de gloria.

Siendo malaguista me siento más que representado por el Rayo, al que apoyaré en este encuentro como si se tratase de mi equipo. No vienen a cuento las dificultades de mi club, como tantos otros. Aunque sí tengo esa ilusión de vivir una final algún día, y quien sabe, quizá saborear un triunfo eterno. Ojalá lo logre el Rayo en Leipzig. No se me ocurre aficionado alguno en España que no vaya a apoyarles. ¡Vamos Rayo, brindemos con esa Copa!

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