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Tras el partido

El encuentro había finalizado. Una vez más la derrota había vencido a la ilusión, y ahora solo quedaba que el olvido, la resignación, o cualquier otro paliativo sentimental aliviara su tristeza...

De repente, la pantalla de la televisión se fundió en negro, con la imagen del locutor desvaneciéndose (lamentablemente, en este caso, no para siempre) en su retina. La miró.

Tenía el mando en la mano, como un verdugo implacable sostiene el hacha ensangrentada tras cumplir su misión. El Fútbol y su amargura tendrían que esperar, ahora le tocaba a ella ser el centro de atención…

Por un instante, se vió como un condenado a muerte tras haber degustado su última comida, especialmente escogida. Aquella invitación para ver el partido en su tele (panorámica, Dolby Surround…era imposible rechazar la oferta) no había sido inocente…y se sintió completamente idiota, por tardar tanto en darse cuenta.

Ahora era a ella a quien le tocaba devorar algo…y el supo, con toda certeza, quién era el plato fuerte de su menú.

Estaban solos en la habitación. El y ella, ella y el, un par de vasos, una botella de Ginebra, hielo en abundancia y una música lenta envolviendo la atmósfera tenuemente, sin darse importancia.

Sentando en el sofá, el parecía intentar fundir los cubitos con su mirada, mientras esquivaba fijar la vista en el rostro de su compañera.

Enfrente, ella, extendida más que sentada sobre la silla, de una forma tan casualmente erótica que hacia imposible creer que no fuera premeditada, sus ojos convertidos en cañones de lujuria, capaces de derretir la resistencia de cualquier débil mortal al que hiciera su victima.

No hablaban, ni siquiera hacia falta. Ambos sabían, pero parecían no querer hacerlo saber. Tampoco se tocaron, temiendo provocar un fuego que lo envolviera todo y que nadie podría extinguir. Deseaban ardientemente quemarse, pero no querían resultar heridos.

Ella se levantó, mientras el inclinaba aun mas su cabeza. Caminó unos pasos, se giró, se apoyó ligeramente en el respaldo de la silla, volvió a mirar al hombre, y entonces, habló.

- Descríbeme.

El no reacciono hasta unos instantes después, levantando el rostro, mientras sus ojos parecían lanzar una mirada de auxilio.

- Vamos, descríbeme- volvió a repetir ella.

- No se me dan bien esas cosas- dijo el mientras sacudía la cabeza.

- No es cierto- le replicó rauda, casi con furia en su tono-, te he leído, eres capaz de narrar historias hermosas, de crear poesía con tus palabras…no me digas que no eres capaz de decir como me ves, porque es falso, di que no quieres.

- No es lo mismo, escribir es mucho mas sencillo, no se te traba la lengua, no existen estupidos acentos de que avergonzarte, tienes posibilidad de borrar algo que no te quedó bien y reescribirlo… -volvió a sacudir la cabeza, con amargura.

- Inténtalo, atrévete, ¿de que tienes miedo? Te prometo que no me reiré de ti, si es lo que temes, demuestra de lo que eres capaz, deja de refugiarte en tu timidez, deja de decir que eres un soso, tienes sangre en las venas, hazla fluir por una vez..- detuvo su lengua un segundo, antes de agregar, con algo de maldad, -ten carácter, se un hombre.


- El carácter de un hombre es su destino- murmuro el, sin poder contenerse.

- Pues créate uno nuevo, o húndete con el- dijo ella, demostrando que su oído era tan fino como mordaz su lengua.

El silencio volvió. El la miró, como pidiendo clemencia, ella se la negó con un simple movimiento de su rostro.

- Mírame, y habla, vamos- la orden fue pronunciada con suavidad, casi con amor, como sabiendo que habiendo ganado la contienda, no había que abusar demasiado del vencido.

Tras un postrero y fallido intento de huir de su sino, tan innecesario como lógico, que ni siquiera llegó a pasar la barrera de sus labios, derribado por la mirada fiera de su interlocutora, el levantó el rostro, observó a su amiga, y empezó a hablar, medio balbuceando al principio, con mas firmeza a medida que las frases iban siendo desgranadas.

-Eres hermosa…y sin embargo…
Sin embargo, decir eso, sin faltar a la verdad en absoluto, no te hace justicia alguna.

En realidad a veces me da la impresión de que esa mascara de belleza exótica, casi céltica, que es tu rostro, no es mas que una fachada barroca, que tapa con su exuberancia algo mucho mas profundo y bello- Se detuvo por unos segundos, como cogiendo aliento-Tras ella, ocultas para la mayoría, que solo fijan su atención en lo mas llamativo, hay muchas cosas que reclaman la atención…y que conste, que no digo que tu cuerpo no me llame, puedo pretender ser sensible, pero soy un hombre, y negar lo evidente seria ridículo…- mientras decía eso, no pudo evitar esbozar una sonrisa picara, que se convirtió pronto en una mueca avergonzada.
-Eres lista, muy lista, mucho mas inteligente de lo que me imaginaba, mucho mas lista de lo que una rubia debería ser en la opinión de muchos (aquí volvió a su rostro la sonrisa irónica de antes)…también eres alegre, desbordante, demasiado para mi seguramente…

-Pero sobre todo, sobre todo…

Calló.

- Sobre todo ¿Qué?- le preguntó ella con curiosidad.

- Sobre todo…

Eres libre, más que ninguna mujer de las que conocí o conoceré. No tienes miedo al que dirán, ni siquiera te importa en lo más mínimo. Haces con tu vida lo que quieres, sin atarte a nada ni a nadie. Eres la dueña de tu destino, y lo sabes. Nunca habrá ningún hombre que te diga lo que tienes que hacer, tal vez, como mucho, algún compañero de aventuras, con quien gozar en compañía, pero sin el estorbo innecesario de ataduras impuestas entre vosotros…y sin embargo…

- ¿otro sin embargo?- dijo ella casi risueña- ¿Qué sorpresa viene ahora?

- Sin embargo…al mismo tiempo das la impresión de estar buscando algo, no sabría decir que…seguramente, ni siquiera tu misma lo sabes. Pero lo cierto es que no pareces estar del todo en paz contigo misma, creo que sientes que te falta algo, y hasta que no llegues a dar con lo que es, seguirás danzando sin rumbo, peregrinando por la noche como una luna descarriada.

Como una abeja, de flor en flor- dijo ella, a modo de conclusión de lo dicho por su amigo.

- Si…como una abeja, con su aguijón incluido, presto a clavarse en cualquier incauto que ose molestarla o detenerla- le replico el con algo de saña.

- ¿No tendrás miedo de sufrir tú el pinchazo no? ¿no serás de lo que en lugar de pensar en el premio, en esa deliciosa miel que aguarda a quien sabe recogerla solo puedes imaginar el peligro que supone llegar hasta ella, y por eso, ni lo intentas? Acotó ella con una leve irritación en el tono.

- Si, tal vez no quiera sufrir innecesariamente…o tal vez no este dispuesto a un pago excesivo por un placer demasiado efímero- le espetó el con rudeza.

- Ah, tu eres uno de esos hombres de una sola mujer…o tal vez lo que quieras en realidad, como la mayoría, es una mujer de un solo hombre.

El evito contestarle, a medias sin saber que decirle, a medias sin quererlo decir.

Intentando ocultar de algún modo su turbación, cogió la copa, la alzó y dio un sorbo largo, cerrando los ojos mientras tragaba el áspero licor.

Mientras bebía, perdido en sus pensamientos, una especie de rasguño insistente le despertó de su ensueño. Sonaba como…como…

Como una cremallera al abrirse. Y ese otro sonido, leve, casi inaudible, el que hacia la tela al caer mientras se deslizaba sobre una piel de diosa. No le había hecho falta escucharlo, sus ojos, ya abiertos, le habían mostrado todo lo que le necesitaba.

- Mientras decides que haces con tu vida, al menos por esta noche, permitirme esperarte cómoda- Exclamó con malicia, mientras se quitaba el sujetador.

- Y ya que estamos, acostada- prosiguió, mientras caminaba desnuda, dándole la espalda (y algo mas que ella) a su oponente- No tardes…si es que es eso lo que deseas…

Ahora estaba solo, y tenia que decidir si seguir estándolo, o entrelazarse sin medida ni limites con aquella princesa esquiva, que hoy se había interesado por el, pero que mañana le habría olvidado, para siempre. ¿ Que escoger, el paraíso por una noche, mas un recuerdo doloroso por una eternidad o la huida avergonzada, con la huella indeleble en el alma de haber perdido una oportunidad que nunca mas se volvería a presentar, de no saber realmente si eran sus convicciones o su miedo lo que había provocado un desenlace equivocado?

Sabia que no tenía demasiado tiempo para tomar la decisión, si quería ser el quien la tomara. Si ella se levantaba y se acercaba a el, simplemente con un roce de sus manos se habría terminado todo.

Se levantó. Miró a la puerta de la habitación, miró al pasillo. Volvió a mirar la puerta, y por un momento se imaginó el cuerpo desnudo de ella sobre las sabanas, su cabello a modo de santa aureola, enmarcando ese rostro diabólicamente hermoso…

Caminó, resuelto por fin. Abrió la puerta.

La de la calle. Por un momento, sintió que estaba cometiendo el mayor error de su vida. Iba a cerrar, a terminar con todo, cuando algo en su interior le dijo que tenía que volver. No podía irse así, no, no era justo…

Volvió a entrar. Sus pasos esta vez eran firmes, y no dudó un momento cuando la agarró, aferrándola con fuerza por el cuello.

Salio por fin, cerrando tras de si la puerta de la amargura, sintiéndose como Adán a las afueras del paraíso. Pero al menos, ella iba con el, pensó con un atisbo de esperanza, mientras seguía sujetando la botella de ginebra.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

hermoso texto martin

Alberto dijo...

Hola Juan Pedro, soy Alberto de www.campeon.tv, enhorabuena por tu blog!!!Está muy chulo!!!
Un saludo!!!

Pablo G. dijo...

Un placer conocer ayer a un miembro de este rincón. La pena es que tuviera que marcharme pronto. Saludos

Juampex dijo...

Felicidades a Martín por el texto, una vez más, espectacular. Yo pensaba que el protagonista cedería a las tentaciones de la carne...

Y saludos a Alberto, Pablo, y a todos los bloggers que nos conocimos ayer. Qué buen rato pasamos.