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La enfermedad

Este relato es ante todo, un juego. Y es que nació por diversión, y sin rumbo alguno en su inicio.

El reto era el siguiente. Escogiendo (o dejando en realidad que el destino lo hiciera, ya que fueron seleccionadas por una mano inocente…dentro de lo que puede serlo la mano de una abogada) dos palabras, debía empezar y terminar con ellas el relato. Las mismas están sacadas, al azar, de Sinuhe el egipcio, uno de los libros de cabecera para el que aquí escribe. ¿Cuáles fueron las afortunadas elegidas? Epidemia y ví… ¿Qué saldrá de esto? Quien lo sabe, lo que la inspiración designe.

Epidemia. La palabra maldita, apenas susurrada, casi como si el nombrarla fuera una suerte de invocación a la desgracia , era , a pesar de las ominosas sensaciones que transmitía , el centro de todas las conversaciones.

Se acercaba. Todos, incluso aquellos que intentaban ocultar sus temores apartándose del mundo real, dándole la espalda a lo cotidiano, refugiándose en placeres y goces sin fin, lo sentían.

Antes incluso de que su presencia física, tangible, llegara a acercarse a los limites de la población, fue su alargada sombra, el terror, quien hizo llenarse de tiniebla el alma de los ciudadanos. Las noticias, los rumores, incluso la falta de unos y otros, ejercían de mensajeros de la oscuridad, extendiendo el pánico a su paso, dejando tras de si el miedo en los corazones y la perdición en la mirada.

Ayer se oía que estaba en Verona, hoy que asolaba Modena. Mas tarde se vería a alguien sacudiendo la cabeza con desesperación, mientras de sus labios se escuchaba “ya esta en Bolonia”.

Por fin, llegó el inevitable día, no por esperado menos temido. Rebasando todas las barreras, el invisible y etéreo enemigo al que ninguna muralla era capaz de detener, había penetrado en la comarca. Fiesole había quedado convertida en una aldea fantasma. Los que no habían muerto huyeron, en busca de un imposible refugio, donde no les alcanzara el destino…una huida sin esperanza, porque con ellos, acompañándoles, iba la enfermedad…

De Fiesole a la urbe, solo mediaban un par de leguas. No, ya no quedaba dudar sobre si llegaría, solo restaba conocer cuando lo haría.

Entonces, como regocijándose con su poder, disfrutando sádicamente de placer que le proporcionaba el terror de los hombres, la peste se dio un descanso.

Pasó una semana, y nada pasó. Nadie cayó enfermo, nadie murió victima del negro mal. Esos días el silencio parecía ser el único habitante de la villa, se podían escuchar los latidos de los angustiados ciudadanos en mitad del desierto sonoro en el que se había convertido la población.

Pero entonces, cuando las primeras esperanzas empezaban a nacer en los sufrientes corazones, la maldita atacó.

Boselli, el ebanista de Porta Caeli , fue el primero. Tras el, toda su familia. A pesar de la clausura de su casa, la enfermedad no se detuvo. Primeros sus vecinos mas inmediatos, tras ellos todo el barrio, mas tarde la ciudad entera.

Día tras día, los carros transportaban su funesta carga, hasta la jornada en la que no quedó nadie para conducirlos.

Yo aguardé. No me asustaba enfrentarme al destino, pero no estaba aun tan loco como para acudir a su encuentro, prematuramente. Prefería apurar las ultimas gotas de la existencia, mientras a mi alrededor el mundo se derrumbaba.

Pero la fecha se acercaba, implacable. Y era inútil pretender resistirse, tan inútil como creer que deteniendo las manecillas del reloj uno logra parar el tiempo.

Alguien tocó la puerta. Era Fachetti, el sirviente fiel que tantas tardes invernales me ofreció la ultima copa antes de dormir, su figura enmarcada por la apagada luz de la chimenea. O tal vez ya no era el, sino una mera sombra de aquel ser que conocí.

Me miró, le miré. Sus ojos me dijeron en un instante mucho más de lo que podrían decirme libros enteros. De su boca surgieron vacilantes, casi inaudibles, como sin fueran pronunciadas desde el mas allá, dos simples palabras: “Te aguarda”.

Cayó sobre mis brazos y expiró.

Con delicadeza, lo dejé en el suelo, cerrando sus parpados, incapaz de soportar por un momento más el abismo insondable de su mirada. Me vestí con mis mejores galas, que tenia ya preparadas para la ocasión. Lo hice despacio, no tenia sentido tener prisa en esos momentos, cuando todo el tiempo del mundo estaba a mi disposición, con cruzar una puerta.

Y la crucé, cerrándola tras de mi, tirando luego la llave al pozo de la calle de los tintoreros. Caminé con parsimonia, en mitad de la desolación, de una ciudad que ya no era más que un inmenso cementerio. Aquí y allá veías cadáveres, unos recientes, otros que ya habían comenzado a corromperse. En algunos casos, aun bullía algo de vida en su interior, pero no era más que una ilusión pasajera…

La Piazza de Santa Croce aun permanecía adornada con los colores de los equipos de Calcio. El torneo había sido suspendido (ni siquiera hizo falta anunciarlo, la muerte se había encargado de terminar con sus participantes), pero nadie tuvo tiempo ni pensamiento de recoger las insignias, que permanecían allí, testigos mudos de cómo la vida se había paralizado de repente, como si una mano descarnada hubiera decidido poner fin al transcurrir de las horas.

Mis pasos me llevaban, casi sin quererlo, hacia el Duomo. Sin rumbo que seguir, aquel era un destino tan bueno como cualquier otro.

Penetré en la plaza. Milagrosamente, ningún cuerpo manchaba aquel espacio, como si la muerte hubiera cedido ante Dios frente a la que era su casa, respetando lo sagrado del terreno.

Me sitúe ante la fachada, disfrutando de su belleza por última vez.

Solo. Todo aquel despliegue estético, toda la piedra transformada en arte por la magia de una mano humana, parecía en esos momentos concebido únicamente para mi disfrute, se podría pensar que la parca había querido hacerme un regalo de despedida, cediéndome ese honor.

Y entonces, escuché un sonido. Unos pasos, quedos pero firmes, se acercaban. Una sombra negra ocultó la luz a mi espalda, confundiéndose con la mía en el suelo, siendo una por un instante, por siempre.

Me di la vuelta, sabiendo, como nunca había sabido nada hasta entonces, lo que sucedería.

Y entonces, la .

Este relato fue escrito entre la una y las dos de la madrugada de una noche, que la benevolencia guié vuestro juicio y la nocturnidad sirva de atenuante y no de agravante…

1 comentario:

Carlos Pérez dijo...

Bastante extraño. Pero me gustó.

Por cierto, Santa Croce mola. Y más cuando estás y te dicen que allí se inventó el Calcio Fiorentino. Lo que no mola son sus vendedores ambulantes de cuadros falsos. Nos la jugaron. Eso me pasa por no saber regatear.

Un saludo!!