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La mujer que creaba las palabras

Cristina alzó los ojos hacia el sol. Le agradaba recibir su cálido abrazo, que aliviaba los dolores de sus cansados huesos.

Sentada a la puerta de su casa, cualquier viajero que pasara errante por el camino hubiera admirado su sereno porte. Con ella, el tratamiento de señora no era una simple cortesía, sino una definición.

Frente a su porche, unos niños jugaban al fútbol sobre la hierba. Sonrió al verles, mientras en su memoria aleteaba una mirada procedente del pasado...

Ayer se habían marchado aquellos señores tan cultos que mandara la universidad.

Cristina se alegraba de que, al abandonar su hogar, lo hubieran hecho rebosantes de felicidad.

Le gustaba hacer feliz a la gente, y a veces era tan fácil…

Al principio había tenido ciertos remordimientos…

Era la última. Con ella se iría una cultura, un pueblo, una manera de entender el mundo. Tal vez no mejor que otras muchas…pero diferente. De eso se trataba en realidad.

A veces se preguntaba por qué había empezado con aquello…

Cuando murió su hermana, se dio cuenta de su soledad. Ya nunca podría hablar con alguien…al menos en el sentido mas completo del término.

Entonces habían comenzado a llegar los sabios. Para ellos era algo mas que una persona…o un poco menos. No la veían como un ser humano, sino como una especie de libro viviente que al desaparecer se llevaría con el todos sus secretos.

Y ahora, a toda prisa, estaban intentando hacer una copia.

Recelosa al comienzo, Cristina comprendió pronto la grandeza del asunto. Ella, y con ella sus raíces, nunca morirían del todo. Viviría por siempre en los libros, su cuerpo hecho papel, su sangre convertida en tinta.

Esa responsabilidad con la herencia de su gente, al tiempo la abrumaba y la enorgullecía. Le disgustaba pensar que todo lo que ella amaba no fuera suficientemente valorado.

Y un día, comenzó a crear.

Fue Mamihlapinatapai. Recordaba el momento.

Los profesores parecían aburridos, hastiados de su labor, que parecían creer de escaso valor…y entonces, en su mente, surgió aquella palabra.Y cuando les tradujo el significado que había decidido darle, vio la emoción reflejada en sus rostros… Y es que aquello era hermoso, fuera o no verdadero. Mamihlapinatapai…una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar.

Dudo. Cristina no conseguía decidir si aquello era correcto o no. En varias ocasiones estuvo a punto de denunciar su impostura, pero…

Un día, entendió.

Ella era la última hablante. Una lengua no es algo muerto, mientras existan personas que la usen, evoluciona. Si ella, como el punto final en la historia de su idioma, decidía que aquellas palabras eran reales… ¿alguien podía negarle en justicia su derecho?

Después llegó Ithipaniaminai. Las palabras no brotaban de la nada, de rincones escondidos de la memoria, iban apareciendo sentimientos, imágenes, recuerdos de juventud. Ithipaniaminai…decir hola cuando quieres decir te quiero…Cuando surgió ella pensó en aquel chico moreno que jugaba al fútbol y en su mirada. No, no eran mentira. No se trataba de un simple engaño para elevar de la mediocridad a su pueblo. Existían, solo estaban esperando el momento de nacer…porque, Cristina lo sabia, Ithipaniaminai estaba ya en los ojos de aquel muchacho…

Y ahora, ellas, estarían vivas para siempre. Y con ellas, Cristina. Cada vez que alguien las leyera, en cada ocasión que una persona las pronunciara, Cristina volvería a estar presente.

Y no pudo evitar, tras ese pensamiento, que una lagrima cayera sobre su mejilla…y entonces nació Liridarie…cuando las emociones llueven.

Posdata: Este relato, esta basado (de aquella manera), en la historia de Cristina Calderón, que podéis leer en meridianos

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