.

.

Y el tren pasó

Junto a la vía crece una arquitectura singular, carente de fachadas. Paredes traseras, muros que circundan patios desolados, antros que nacieron viejos, graffitis enmarcando la decadencia.

Y estaciones. Como puentes que nos conectan con la realidad, surgen tras kilómetros de ese decorado al que se ve reducido el paisaje visto desde la ventanilla del vagón. Son todas parecidas, con sus almacenes vacíos, los relojes marcando los retrasos, esos cada día más escasos viajeros…Y sus despedidas. Desde que nacieron, su destino estaba trazado. Y esos muelles en tierras que son los andenes son el marco inevitable en el que adioses y bienvenidas se repiten hasta en fin…
Porque siempre hay un fin. De cuando en cuando, el tren pasa junto a una estación sin detenerse. Casi nos parece escuchar en esas ocasiones un lamento prolongado, como si el lugar llorara por la ingratitud de ese hijo de metal que no vuelve a su seno. O como la amante descartada por un galán sin escrúpulos, siempre en busca de nuevos apeaderos.

Una estación abandonada es uno de los lugares más tristes del mundo. Es la representación gráfica de la decadencia, un monumento al fracaso. Su presencia te abre los ojos, te deja ver como se cierran las puertas al futuro, como se cortan los lazos con el resto de la tierra. La vida sigue, pero en parte, desde el momento de su cierre, lo hace sin ti. Y cada uno de esos trenes que pasan veloces frente a los muros caídos, es una puntada más en el telón de su despedida. 

Y allá atrás, cada vez más perdido en el pasado, va quedando ese momento en el que el último tren partió de su andén. Solo las frías vías, ya nunca calentadas por el roce del metal, permanecen como testigos mudos del final de una esperanza, del ocaso de una era. Y mientras sigan allí, nadie podrá borrar completamente las huellas de ese adiós.
El fútbol actual está lleno de estaciones abandonadas, y la sensación, realista por su pesimismo, es de que cada vez más líneas cerraran, dejando atrás más y más andenes desolados. 
Si uno entra en algunas salas de trofeos, lo normal es adentrarse en un pequeño viaje en el tiempo, llena de copas vacías en el mejor de los casos, de un vacio de copas en el peor. En las paredes fotos descoloridas muestran jugadores a los que ya nadie vio jugar, fantasmas de otra época que se llevaron con ellos todo lo que de romántico tenía este deporte. 
Seguramente, como casi todas las leyendas, todo es falso. Nunca existió el romanticismo, ni el fútbol fue nunca noble, ni aquellos jugadores superaban a los actuales, ni deportiva ni espiritualmente. 
Nos engañamos soñando con una perdida edad de oro, inventada por nuestros anhelos y teñida por el encanto de lo desconocido. 
Desearíamos que alguna vez hubiera reinado la justicia, que los poderosos no hubieran impuesto aun su ley, que los triunfos no fueran ese pastel que solo un par de privilegiados consumen con gula, mientras el resto no solo debe pasar hambre, sino, peor aún, ni siquiera tiene el derecho de reclamar comida. 

Y todo, para poder seguir soñando. Porque nos decimos que si eso fue posible una vez, puede volver a suceder. 

No nos damos cuenta de que los tiempos cambiaron. Y que ya no importan las estaciones vacías, porque ni siquiera hay trenes. Y si nos negamos a seguir adelante, solo nos quedara echar la vista atrás y despedirnos de lo que un día amamos. Porque ya no es nuestro, ni nosotros le pertenecemos. Y como en esas películas en blanco y negro, donde el tren parte hacia un destino ignorado entre la niebla, solo nos queda hacer un gesto de despedida, fijar la mirada en el último vagón, y ver aparecer tras su marcha, entre el humo, los títulos de crédito.

3 comentarios:

Juampex dijo...

Amén.

Grandísimo Martín.

Garrincha dijo...

Bravo Martín!!!

Fernando dijo...

Cómo extrañaba éstos artículos! Genialidad pura.