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Copa Libertadores: Cuando menos lo esperas

Un lance del Huracán-Mineros
Siempre se ha dicho que el amor llega cuando menos lo esperas, en la situación más impredecible. Te pilla de improviso, sin estar listo pero ahí está, sacudiéndote sin poder evitarlo. Puede ser una preciosa chica con los ojos bonitos, unos labios sugerentes y un cuerpo esbelto. O en el caso de un enfermo del fútbol como yo, puede tratarse de una circunstancia inesperada en la previa del partido que estaba esperando para ver en la Copa Libertadores.

La cosa es que yo estaba en la cama acabando de ver una película, con mi chica durmiendo sobre mi pecho. Tras descansar un rato de la jornada de Champions era el momento de regresar al balón. Al Racing Club-Guaraní le faltaba poco más de una hora para comenzar, pero quizá fuera interesante echar un vistazo al Huracán-Mineros de Guyana que se estaba disputando desde un rato antes. 

Lo que imaginaba como dominio con posible goleada de Huracán fue algo mucho más extraño pero terrenal. La hinchada del Globito no llenó su cancha tras cuatro décadas ausentes del gran torneo. El primer tiempo, además, se cerró con un empate tras un golazo de tiro libre de la visita que únicamente pudieron equilibrar los quemeros aprovechando un error garrafal del arquero venezolano.

Lo que aconteció tras el descanso rozó el drama futbolístico. En todo un desafío continental, un modesto club venezolano jugó con jerarquía en la capital de Argentina un encuentro que bien pudo ganar, como quizá mereció por momentos. En cierto punto, el desparpajo de Mineros hizo gala encarnado en la valentía de su dupla atacante: Blanco, que bailaba sobre la pelota el artista que es, y el colombiano Valoyes, descarado y efectivo de cara a puerta. De hecho, suyos fueron ambos goles en una noche histórica para su club, un equipo que me ha resultado simpático y cuya pareja ofensiva me ha resultado más que atractiva.


No me equivoqué con el partido del Ducó. Solo que no esperaba enamorarme.