Mi primera final
Cuando escribo estas líneas, han pasado poco más de 24 horas desde que la Real Sociedad se proclamase campeona de la Copa del Rey 2025/2026 y aún sigo flotando como en una nube. Cansado y dolorido, pero inmensamente feliz.
Yo, que nunca he pisado Anoeta, ni Donosti, ni Gipuzkoa, pero soy tan txuri-urdin como cada una de los miles de personas que ayer llenaron las calles de mi ciudad, Sevilla, y me hicieron sentir uno más.
El sábado me fui desde por la mañana a la fanzone. No estaba muy convencido de ir, porque nunca me he movido por ambientes futboleros de este nivel y tenía ciertas reticencias. Por una parte, pensaba en esas lamentables escenas que, a veces, acompañan estos eventos y no quería verme inmerso en ninguna y, menos aún, arrastrar a nadie. Sé que no es lo normal, pero la incertidumbre me hacía valorar cualquier posibilidad.
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| El concierto de Brigade Loco fue uno de los momentos álgidos de la previa. |
Por otro lado, estaba la extraña sensación de estar acoplándome a una fiesta que no era mía. La gente venía desde Gipuzkoa (aunque sé que venía gente de muchos lugares diferentes), gastando mucho dinero, viajando muchas horas, recorriendo largas distancias, para seguir a su equipo a una final histórica. Y venían en grupos, peñas, cuadrillas, viajes organizados... Yo, en cambio, era un único aficionado que apenas tiene que caminar 40 minutos para llegar a la Cartuja desde su casa.
Al final, gracias a la intervención de las dos personas maravillosas que me acompañaron durante todo el día, pude vencer mis inquietudes y disfrutar del día. Por la mañana, me enfundé la txuri-urdin, la camiseta que me compré hace tantos años que recuerdo su precio en pesetas, y salimos hacia la fanzone.
Caminamos un rato para coger el autobús que llegaba hasta allí y nos bajamos en Isla Mágica, el parque de atracciones de Sevilla, para continuar el trayecto a pie. Allí nos mezclamos con la gente que iba a pasar un día de diversión... Igual que nosotros. Cada uno, a su manera.
Cuanto más nos acercábamos, más camisetas se veían, no solo blanquiazules, también rojiblancas, con un ambiente estupendo, cada uno disfrutando de su momento.
La fanzone estaba tranquila cuando entramos. Pudimos acercarnos a los puestos de merchandising a conseguir algunos recuerdos del día. Había chapas, pañuelos, abanicos, ikurriñas y crema solar, mucha crema solar.
También me compré la bufanda de la final, la conmemorativa del evento que se avecinaba. Con el riesgo, claro está, de no saber si el resultado sería para recordar.
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| Servidor, ataviado con la ikurriña y la camiseta txuri-urdin, dispuesto a vivir su primera final. |
Una vez equipado, envuelto en la ikurriña y con la bufanda anudada (no al cuello, sino al bolso, que hacía más de 30 grados), ya me sentí uno más, con todo el derecho del mundo a lucir los símbolos de mi equipo y a disfrutar de la fiesta preparada para todos los hinchas, ya fueran socios, donostiarras, aficionados de cualquier procedencia o simpatizantes que, por uno y otro motivo, querían estar ahí.
El resto del día consistía en disfrutar de todo. Nunca había visto tantas camisetas de la Real juntas ni había podido participar en los cánticos. Cada vez que gritaba “¡Real!”, me sentía más en sintonía.
Durante el día, estuve observando y curioseando cada detalle. Por ejemplo, las camisetas. Si bien había gente con camisetas hasta de Modibo Sagnan, ahí comprendí lo importante que era la titularidad de Marrero, a la postre héroe de la final. Encontré muchísimas camisetas suyas, más que de cualquier otro portero.
En un rincón de la fanzone, había una especie de photocall con la imagen de varios jugadores en la que te podías hacer fotos. Nos íbamos haciendo las fotos unos a otros y la persona que nos estaba haciendo la nuestra nos pidió que nos moviéramos un poco hacia la izquierda. “Es que estáis tapando a Marrero”.
Qué cuidado hay que tener con Marrero, pensé. Pero detalles como ese o las camisetas me hicieron comprender que ganar es importante, pero también lo es hacerlo con los tuyos.
Hoy, mirando las estadísticas del partido, me he dado cuenta de que la mayoría de los jugadores clave de la final (Unai Marrero, los goleadores Barrene y Oyarzabal, Pablo Marín como autor del penalti decisivo o Jon Martin, que hizo un partido imperial) no habían vestido ninguna otra camiseta que la txuri-urdin en toda su carrera profesional. Sí, la blanca y azul. La que yo llevaba puesta. A estos jugadores, formados en Zubieta, no hay que explicarles lo que es la Real, porque ellos también son la Real. Como los chavales que había en la fanzone jugando con un balón y soñando con imitar un día a sus ídolos. Como Marín, que hace unos años salía en las fotos por estar de recogepelotas en los partidos de Anoeta y ahora lo hace por haber marcado un gol histórico.
Estos jugadores, si no hubiesen llegado a futbolistas del primer equipo, habrían estado el sábado también en la Cartuja celebrando el título. En la grada, en lugar de en el césped, pero habrían estado. Porque tienen la misma sangre blanquiazul que el socio más antiguo, que el hincha más intenso... Y que yo, que nunca he pisado Gipuzkoa.
Ha sido mi primera final. La de 2021 la viví en casa, como todos, emocionado con el gol de Oyarzabal y el primer título que veía levantar a mi equipo del alma. Esta la he disfrutado en la calle, con la gente, y ha sido una experiencia increíble. Mi amor y mi pasión por la Real se han multiplicado exponencialmente después de esta experiencia.
Ahora entiendo a aquellas personas que me han dicho, a lo largo de mi vida, que no tiene nada que ver ser aficionado de un equipo con vivir estos momentos, ya sean buenos o malos: perder una liga, sufrir un descenso, lograr un ascenso o conseguir un título. Todo eso lo conocía, pero no lo había vivido. Ahora lo he hecho y entiendo mejor lo que es ser realzale. Ahora, sin ninguna duda, sé que soy parte de la afición, parte del equipo y que sus éxitos y fracasos son también los míos. Tengo a mi equipo lejos, pero eso no me impide vivir mi pasión, ya sea a lo grande, como ayer, o siguiendo a mi equipo por televisión o radio.
Espero que esta final sea la primera y que la próxima crónica sobre un éxito de mi equipo no la comience diciendo que nunca he estado en Anoeta.
Gracias por este fin de semana. Gracias al fútbol, gracias a la Real y gracias a la gente (sobre todo, a las dos personas que han vivido todo esto conmigo).
(Sé que muchas veces se critica a este deporte. En el fútbol hay violencia, machismo, homofobia... Es cierto. El fútbol es un negocio que enriquece a unos pocos... Es cierto. El máximo dirigente del fútbol se codea con dictadores y asesinos... Es cierto.
Pero hay otro fútbol. El de la gente. El de los amigos, las familias, el que se transmite de generación en generación, el que genera recuerdos y une a personas. Ese fútbol es nuestro, es del pueblo y es maravilloso. Que no nos lo quiten).



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