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Aquel no era un martes cualquiera

Hoy es el día perfecto para escribir esto. En realidad hace dos días que se cumplió el aniversario, pero hoy es martes, como cuando paso aquello…escribo esto desde el respeto, desde el cariño, desde el homenaje a todos aquellos aficionados que alguna vez, en algún lugar, han sufrido. Y lo dedico especialmente a quien me inspiro este cuento, ese alguien que solo yo y quien me contó su historia, sabemos quien fue…


Aquel no era un martes cualquiera.

Se levanto de la cama temprano, y ya con eso en la cabeza. Miro el póster que tenia sobre la cabecera de la cama y suspiro. Le esperaban las clases, aunque sabia que durante las mismas iba a estar allá lejos, muy lejos.

Se vistió. Tras los pantalones (uno se empieza a vestir por los pies, le decía su padre), agarro la casaca. Con algo de temor reverencial, pero con orgullo. El 70 quedaba lejos, y hoy, tocaba revancha.

Salio a la calle, y espero el urbano. Notaba la mirada de la gente, mitad curiosa, alguna cara larga, pero también sonrisas de ánimo.

Las primeras dos horas. Solo un nebuloso recuerdo de un profesor explicando, las nueve acá, pero no eran esas las nueve que le interesaba…

Un pequeño receso, sus compañeros salieron a reponer fuerzas, el se quedo allá solo, sentado. Solo un compatriota se le acerco, para animarlo (y animarse), pero apenas se dijeron nada. No hacia falta. El nerviosismo compartido les unía.

La tercera y la cuarta. Economía. Inflación, cash flow, números. A estas alturas, solo le interesaban los números de los dorsales, y el de minutos que restaban para el final de la clase…

Estuvo tentado de salir antes, de huir de aquello…pero no lo hizo, espero pacientemente, aunque la hora del destino estaba ya ahí, justo encima.

Y dieron la una, las nueve en aquel desconocido rincón de Europa, del que solo sabia que estaba lleno de palmeras. Comenzaba el choque. Y el profesor lejos de terminar, proseguía. Debía de ser de aquellos a los que el balón y la pasión por el mismo le parecía propia de ignorantes, de los que despreciaban a los futboleros como solo puede hacerlo un intelectual pedante, de los que hablan mucho de las pasiones humanas, sin haber sentido jamás una de ellas, de los que se dicen humanistas, pero que solo merecería lucir ese titulo al estilo de los tigres devorahombres. Vio salir de la clase al paisano de antes, bajo la desaprobadora mirada del docente.

15 minutos después, termino. Raudo, recogió los apuntes, al menos, que pudiera llegar al segundo tiempo…

-Gómez, haga el favor de acercarse.

Si, se dirigía a el. Y con angustia, y pendiente del reloj, se tuvo que acercar a la mesa.

-Bien, ya sabe que al final del curso debe entregarme un estudio referente a los criterios macroeconómicos del actual plan general de inversiones gubernamental, quería….

10 minutos después, entre si profesor y estudiare a fondo el asunto, consiguió zafarse.

No llegaba, seguro que no llegaba. Ya debía llevar….miro el reloj. Casi media hora, ¿habrían conseguido ya algún gol? Se dirigió a la parada, junto al hospital. Aquello estaba desierto, debía haber acabado de pasar el bus. El siguiente parecía no llegar nunca. Mientras tanto, en aquella ciudad española, el partido había llegado al descanso.

Por fin, doblando la esquina, apareció el vehiculo. Las 14:13. Se detuvo junto a el. Nada mas subir, vio como el conductor le dirigía una extraña mirada. ¿Qué era, sorpresa, compasión? No lo supo bien. Pero si escucho la radio. Estaban retransmitiendo el partido. Y en ese momento, el locutor comenzó a narrar un ataque salvadoreño. Huezo pasa a Jorge González, este se va por la banda, regatea a varios húngaros, la bola llega a Huezo, este lanza, el balón queda rechazado, Ramírez agarra el remate, tira, y… gol, gol de El Salvador.

Golll, golllllll. Mario no pudo contenerse, y grito con toda sus fuerzas. Y entonces, lo noto. La gente le miraba, pero no con sorpresa por su reacción, no con malestar, menos aun con alegría compartida. No, lo que vio allí, entre todos esos ticos, tan respetuosos generalmente, no era nada de eso. Era compasión. Una gran compasión. Y entonces lo escucho. Hungría, cinco, El salvador, uno.

Y se sentó. Y ya no reacciono, ni con el sexto (Kiss), ni con el séptimo (otra vez Kiss), ni con el octavo (chentes, o algo así), casi seguido, ni con el noveno (el maldito Kiss de nuevo, el beso de la muerte), irónicamente, cruelmente, conseguido justo cuando pasaba el barrio de La Agonía. Y mientras se bajaba, en el cementerio, y caminaba despacio, sin ganas de nada, aun le dio tiempo a escuchar el décimo, Nilasi, tibor.

Y le dieron ganas de quitarse la ropa, de arrojar lejos de si la prenda que le quemaba, que le convertía en una especie de cadáver andante. Pero no lo hizo.

Y cuando llego a casa, y tras arrancar el póster de Luís Ricardo Guevara Mora de la pared, se quito la camiseta de El Salvador con delicadeza, con inmenso amor la doblo, y la metió dentro del armario. Jamás volvería a salir de allí, nunca.

Y desde ese día, odió al fútbol, a los húngaros, y a Elche, ese nombre que se había convertido en sinónimo del infierno sobre la tierra, el más horrible de los sonidos para sus oídos.

15 de Junio de 1982, tal fue la fecha desde la que Mario Gómez, jamás volvió a comer un dátil.


4 comentarios:

jonceltic dijo...

a mi mesigue pasando eso a veces en el curro... por mas años que pasen.. seguimos "enfermos..."

Carlos Pérez dijo...

Fenómeno Martín, qué crack!!!

Un saludo

Luisi dijo...

Bonita historia Martín. Pero espero que nunca me pase nada parecido. Madre mía, 10-1. Alguno en el autobús pensaría con pena: pobrecito, qué iluso!

Un abrazo!

Mauricio dijo...

Que crack Martín!!! Pobrecito "el colador" Guevara---