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El culmen

De seguro estos días leerán muchos textos parecidos a éste en prensa y blogs españoles, por el hecho de tirar más de corazón que de argumento. Es por ello que no hablaré de fútbol sino de sentimientos, de momentos especiales, de sensaciones y recuerdos de muchos años, de alguien especial que ya no está pero con quien me identifico tanto que por mis venas corre la misma sangre y el mismo nombre nos une.

Soy joven, insultantemente joven para lo que voy a decir, pero es que siempre soñé con esta oportunidad, algo que a decir verdad estaba plenamente convencido que algún día llegaría, más no aún sino bastante más adelante en el tiempo. A algunos les parecerá una locura desproporcionada además de una estupidez, pero una de las grandes ilusiones de mi vida desde que era pequeño ha sido ver a mi selección campeona del Mundo, más aún cuando conoces su historial repleto de decepciones, cuando te relacionas con aficionados de todo el planeta (muchos de ellos con alguna que otra estrella cosida al pecho) y sobre todo, cuando no has parado de escuchar a tus mayores casi desde la cuna que los títulos eran cosa de otros, que las estrellas integraban los cuadros azzurros, albicelestes o verdeamarelos o que no había mística, ni imaginario nacional de selección, ni convencimiento o suerte, cábala o como quieran llamarlo. Siempre hubo una excusa para explicar la derrota, para argumentar que no íbamos a poder.

Ahora ha llegado una generación gloriosa que nos ha quitado los complejos de golpe, primero con una Eurocopa de ensueño y posteriormente tras dos años jugando como los ángeles llegando a nuestra primera final de un Mundial. Hemos superado una derrota en el choque inicial (como hiciera la Argentina de Maradona en 1990), momentos de dudas en las propias posibilidades, penales errados, defensas numantinas, algún que otro arbitraje dudoso y decenas de estadísticas, favoritismos y cúmulos de presiones que han intentado tirar a los chicos abajo.

Pero volviendo al inicio, lamento que no éste alguien muy importante. El arriba firmante como Garrincha se llama Domingo en honor a su abuelo, difunto hace casi 3 años, cuando apenas se gestaba la época dorada de nuestra selección. Él me contó cientos de historias de una Guerra Civil que sus carnes vivieron y de penurias posteriores, pero también de fútbol. Su Albacete natal en Primera, los Colchoneros del Atlético Aviación (su Atleti), Di Stéfano, Cañoncito Pum (Puskas), la velocidad endiablada de Gento, los feroces derbys entre Málaga y Granada de antaño… gracias a él aprendí que al rival jamás hay que menospreciarlo por muy inferior que aparente ser ni humillarlo en la derrota, además de saberle reconocer sin pudor sus virtudes. Entender que perder o ganar forma parte del juego y tomarlo como algo natural, algo que aún hoy cuesta asimilar cuando se sufre una injusticia tipo Al Ghandour ante Korea.

Hubiera dado lo que fuera por disfrutar junto a él de estos momentos, él que sufrió no clasificarse para ésta competición o la Euro en varias ocasiones, que tuvo que ver como Chipre nos derrotaba 3-2 en el pos-Mundial’98 (epílogo de la era Clemente), que maldijo al cielo con el penalti errado por Señor ante los belgas, el codazo de Tasotti a Luis Enrique o el desgraciado día que nos cruzamos con el egipcio de marras.

Pero también pudo sonreír cuando unos años antes de la guerra goleábamos 13-0 a Bulgaria, el gol de Zarra ante los ingleses, con la Euro lograda merced al testarazo mágico de Marcelino para batir a Lev Yashin o el milagroso 12-1 a Malta.

Precisamente quince días antes de la goleada a los isleños nació este servidor, por ellos siempre sostuve la ridícula “teoría” de que llegué al mundo con buena estrella, sabedor en mi interior de que un día esos tipos de rojo me corresponderían con otra gesta tan grande como inolvidable. Por supuesto, mis amigos se rieron durante años de esto y me miraban incrédulos cuando les decía que estaba convencido de que un día seríamos campeones mundiales, algo que aún no ha llegado y puede que no lo haga tampoco este domingo, pero que ya hemos demostrado sobradamente que podemos conseguir.

Llegados a este punto, no sabría explicar como me siento. No diría que tengo vértigo ni estoy eufórico porque no es cierto. Sí, he celebrado mucho, y además en escala ascendente cada vez que superábamos una ronda, pero sé contener las ganas y la emoción pese a que ayer al final del choque se me escapase alguna que otra lagrima pensando no solo en lo que mi abuelo no pudo ver, sino en la realidad que acababa de concretarse.

Tenemos una ocasión como nunca de ser campeones mundiales. Estoy convencido de que todos vamos a empujar a más no poder para que así sea, y que esa fuerza llegará a un combinado nacional que se ganó mi corazón desde mi más temprana edad como espero haya hecho ya con todos aquellos escépticos que necesitaban de un equipo tan ilusionante para autoconvencerse de que nosotros también podemos ser grandes. Rotundamente sí, podemos, y ahora falta lo más difícil de todo: culminar la hazaña con el último paso. Adelante chicos, permitidnos saborear las mieles de la gloria, permitidme llorar de incontenible alegría este domingo. Un último acto de fe. Podemos.

1 comentario:

unoxahi dijo...

Mi abuelo materno fue el que me inculcó la pasión por el fútbol ya que a mi padre nunca le ha gustado. Me acuerdo perfectamente de tener 5 añitos y estar viendo el fútbol con él y contándome las mismas historias que te contaba el tuyo, la guerra civil, Di Stéfano, Gento, Puskas, la inauguración del estadio de Chamartín (Santiago Bernabéu) del 47 entre el Real Madrid y el Beleneses en el que él estuvo, etc.
Falleció en el año 2005 y en estos momentos también me acuerdo mucho de él, así que sé de sobras lo que quieres explicar.
Un saludo